“APRENDAMOS A AGRADECER
A DIOS POR TODO.”
Hay un relato sobre un Pastor
protestante que fue a un hospital psiquiátrico para visitar a los enfermos. Uno de ellos, en un momento de lucidez mental, le
preguntó al pastor: "Agradeció Ud. a Dios alguna vez por su
intelecto?"
El Pastor,
ante esta pregunta, se sobresaltó. No, nunca le vino a la mente de agradecer a
Dios por un don tan evidente. Solo aquí, en el hospital, él entendió que el
intelecto - es un magno don de Dios!
El Pastor
prometió allí mismo al enfermo y a si mismo de agradecer a Dios cada día por su
mente sana.
Este hecho en la vida del
Pastor, pone de
relieve la particularidad de la relación humana con los bienes de la vida: los
hombres se acostumbran a aceptar todo como algo debido, algo que corresponde.
Muy raramente alguna persona agradece a su Creador, Quien siempre se preocupa
por él y le envía Sus innumerables bienes, tanto materiales, como espirituales.
"Donde quiera que mire, con los ojos del
corazón, - escribe el padre San Juan de Kronstadt, - dentro o fuera de mi,
en todo veo una causa poderosa para agradecer y glorificar al Señor!"
Efectivamente, toda
nuestra vida es una infinita cadena de Misericordias Divinas! Él creó a nuestro cuerpo, que es mejor y más perfecto
que cualquier mecanismo o computadora. El insufló en nosotros esta alma
inmortal y similar a Dios, que vivifica a nuestro cuerpo perecedero, y que es
la cosa mas preciada para nosotros.
Él nos dio el intelecto
que nos eleva sobre los animales; el libre albedrío, gracias al cual, podemos
perfeccionarnos física y espiritualmente y dirigir nuestra vida hacia el bien;
los sentimientos, que nos permiten gozar de los dones de la bondad Divina,
encontrar la felicidad y la alegría en la vida.
A pesar de no ver a Dios
con nuestros ojos, sabemos que Él se preocupa de nuestro bien más, que una madre más
amante. Él ordena al sol de iluminar, calentar y vivificarnos, envía la lluvia
y la fertilidad, nos da alimentos y alegra nuestros corazones.
Él ordenó a la tierra
producir diferentes frutos, que alimentan y mantienen nuestro cuerpo con vida, y obliga a los
animales a servirnos. Así, por Su voluntad montañas y valles, mares y ríos,
árboles y piedras, pájaros y peces, tierra y aire - todo sirve para nuestro
provecho y gozo.
Su fuerza Divina nos
sostiene,
prolonga y guarda nuestra vida en medio de peligros y adversidades del mundo.
Por consiguiente, "por Él vivimos, nos movemos y existimos.”
Cada momento de nuestra
vida es el Don de Su Infinita Misericordia, cada respiración nuestra es el signo de Su Paternal Benevolencia;
cada palpitación de nuestro corazón es la obra de Su Altísimo Amor y Misericordia.
Y eso no es todo! Cuando los humanos vulneraron las leyes Divinas se
expusieron a diferentes padecimientos, se tornaron inútiles ante Dios, indignos
de vivir y ser felices; Dios Padre no les dejo perecer. Al contrario, por Su
infinito amor que "Ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en
El cree, no se pierda, mas tenga la vida eterna" (San Juan 3:16).
El Hijo
Unigénito de Dios, se apiadó de nosotros, los hijos pródigos, vino a nuestro
mundo, y tomo nuestro cuerpo mortal.
"Se
despojó a Si mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y
estando en condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz." (Filipenses 2, 7-8).
El nos enseñó como vivir
en forma justa y nos indicó el camino al Reino Celestial. El tomó sobre Si los pecados
del género humano, padeció por nosotros humillaciones, escupitajos, golpes,
sufrimientos en la cruz y la muerte vergonzosa junto con los malhechores,
vertió Su Sangre por nosotros, y ofrendó por nosotros Su alma, "Para
destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es,
el diablo, y librar a todos que por el temor de la muerte estaban durante toda
la vida sujetos a servidumbre" (Hebreos 2:14-15).
El Espíritu Santo, Consustancial al Padre e Hijo, por consideración y
gracias al sacrificio redentor de Dios-Hombre, desciende sobre nosotros,
purifica nuestra conciencia de hechos pecaminosos, vivifica y santifica a
nuestro ser, nos da Su fuerza Divina, necesaria para la vida justa y nos hace
hijos de Dios.
Con todo eso, a menudo, olvidamos
a Dios,
afligimos Su Misericordia con nuestra terquedad, falta de discernimiento y
maldad. Pero el Señor no sólo no nos destruye, sino perdona y nos concede Su
Gracia, esperando con paciencia nuestra corrección.
Sin tomar en cuenta
nuestras frecuentes caídas, Él con gran preocupación y sabiduría guía nuestra vida hacia la
salvación y alegría sin fin en moradas celestiales. Muy poca gente piensa sobre
las dificultades que nosotros mismos oponemos a Dios en la obra de nuestra
salvación.
San Juan de
Kronstadt nos hace participes de su experiencia, que es también conocida a
muchos fieles:
"Cuantas veces la muerte entraba en mi
corazón, pasando luego a mi cuerpo (innumerables) y de todos estos casos
mortales el Señor me salvaba!."
El sentimiento
de las numerosas bondades, recibidas de Dios, inspiró al Rey David las
siguientes palabras:
"Bendice, alma
mía, al Señor, y bendiga todo mi ser Su santo nombre. Bendice, alma mía, al
Señor y no olvides ninguno de sus beneficios.
El es quien perdona todas tus
iniquidades, El es quien sana todas tus dolencias; El que te rescata del hoyo
tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca
de modo que tú rejuveneces como el águila.
El Señor es el que hace justicia y derecho a todos los
que padecen violencia... Misericordioso y clemente es el Señor; lento para la
ira, y grande en misericordia." (Salmo103).
En los momentos de pruebas
muchos se desalienten y murmuran. Pero hay que entender, que el Señor a veces, permite
que tengamos sinsabores y penas, no por Su olvido o por castigarnos. No! El lo
permite como un remedio amargo, pero necesario, que nos cura del orgullo,
vanidad, amor propio excesivo y otras fallas.
Comprendiendo eso, el gran San Juan Crisóstomo, en el ocaso de sus días,
decía: "Gracias a Dios por todo, y en particular, por las
aflicciones!"
A nosotros nos es
necesario agradecer especialmente a Dios por el honor de ser los hijos de Su verdadera
Iglesia, que, gracias a la fuerza del Espíritu Santo, contiene la pura
enseñanza Evangélica, nos ilumina y fortifica con sus Sacramentos de Gracia.
Esta es la Iglesia a la
cual pertenecían los Profetas, Apóstoles, mártires y todos los santos, que se encuentran en las moradas celestiales y forman
junto a nosotros, sus hermanos menores, una gran familia de Dios.
Es la Iglesia, donde recibimos la Comunión del Cuerpo y Sangre de
nuestro Salvador y que nos otorga la inmortalidad.
Así, penetrando en los
caminos de la Providencia Divina en nuestra vida, vemos, que no tanto el deber y la obligación, sino
todo nuestro ser en el presente y en el futuro, exige que no seamos insensibles
ante las bondades Divinas!
Hay que agregar, que nuestro agradecimiento es necesario, no tanto a
Dios, como a nosotros mismos. Dando gracias a Dios, recordamos Su amor hacia
nosotros, Su continua preocupación, y el mar de bondades materiales y
espirituales, que diariamente vierte sobre nosotros.
Este recuerdo aclara a
nuestra mente, nos hace entender claramente en que consiste la verdadera meta de
nuestra vida, y nos ayuda a separar lo principal de lo secundario.
Además el agradecimiento a
Dios disipa la melancolía, aleja la tristeza, nos devuelve la energía y anima el espíritu.
El agradecimiento a Dios se puede comparar con los rayos tibios del sol,
penetrando al oscuro sótano de nuestra alma. Del contacto con el Sol
Espiritual, el alma se entibia, el hombre se vuelve más bondadoso y preparado
para amar.
Tratemos cada día, y en particular los Domingos, agradecer a nuestro
Creador y Salvador - esto servirá como un excelente remedio para nuestra alma,
AMEN.
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