“GENEROSIDAD: LA ALEGRIA DE
DARSE.”
La generosidad es la virtud por la que
salimos de nosotros mismos y nos damos a los demás. Es una virtud esencial para
la propia felicidad, pero vista con ojos cristianos, es el mandato de Cristo:
el mandato del amor.
"Cuenta Tagore la historia de un
mendigo que iba de puerta en puerta. Un día vio aparecer a lo lejos del camino,
acercándose, la carroza de un Rey. El mendigo quedó sorprendido ante la pompa y
la magnificencia del cortejo real, pero más aún cuando la carroza se paró ante
él.
Vió salir al majestuoso Rey y se
dirigió hacia él. Las esperanzas de aquel pobre hombre volaron hasta el cielo.
Pensó que sus malos días habían acabado, pero casi se le paró el corazón cuando
aquel Rey se inclinó a su lado y, sonriendo, le tendió su mano: -¿Puedes darme
alguna cosa? -¡Ah, qué ocurrencia la de su realeza! ¡Pedirle a un mendigo! –Le
respondió nuestro pobre hombre.
Un poco confundido, vio su zurrón
y, entre la poca comida que le habían regalado y los cachivaches que había ido
recogiendo, le dio un grano de trigo. Algo perplejo por aquella inusual
petición regresó a su choza y ¡cuál fue su sorpresa cuando, al vaciar su
humilde saco, encontró un grano de oro entre las demás cosas miserables! -¡Ah!
– Se lamentaba el mendigo - ¡Cuánto lloré por no haber tenido corazón para
darte todo!
Frecuentemente oímos que “hay más felicidad
en dar que en recibir.” Esta frase sólo puede decirla de corazón la persona
generosa. La generosidad es la virtud por la que salimos de nosotros mismos y
nos damos a los demás buscando su bien y poniendo a su servicio lo mejor de
nosotros mismos, tanto bienes materiales como cualidades y talentos.
Nos puede parecer paradójico que quien
más se da, es más feliz. Lo lógico sería pensar que la felicidad depende sólo
del cuidado que tenemos de nosotros mismos, y del cuidado que todos deberían
tener por nosotros, pero no. Experimentamos que optar por una vida de
generosidad brinda mayor felicidad y realización personal.
La persona humana es esencialmente un
ser de relación y de alteridad. La persona humana no existe si no es para los
demás, no se conoce si no es a través de los otros, no se encuentra si no es en
los otros. La experiencia primitiva de la persona es la experiencia de la
segunda persona. Como dice Mounier: “El tú y en éste el nosotros, preceden al
yo o, al menos, lo acompañan.”
Esta es una característica que
diferencia al hombre de los demás seres. Un animal será feliz si tiene comida y
un hábitat adecuado, pero el hombre necesita de la compañía de sus semejantes.
Sólo el hombre es capaz de trascenderse y de ver las necesidades de los demás,
llegando a olvidarse de sí mismo.
Todo ser humano está abierto de modo
particular a un tú que tiene valor personal (humano o Divino). Así, puede
disponer de sí mismo y darse al otro. Incluso la persona encuentra la plenitud
en el don sincero de sí misma.
La generosidad es virtud de las almas
grandes. Almas que poseen esa apertura de corazón que sabe amar, donde la única
gratificación es el dar y el ayudar. Con esta actitud se llega a estar
plenamente satisfecho pues “es mejor dar que recibir” (Hechos de los Apóstoles
20, 25).
Esta virtud es capaz de mantener el
alma siempre alegre y joven. La capacidad de amor y donación aumenta mientras
más se ejercita, pues siempre hay algo más que se puede hacer por los demás.
Los vicios contrarios a la generosidad
son el egoísmo y la avaricia. Es vivir encerrados en las raquíticas paredes de
nuestro yo.
El egoísmo empobrece el alma y le
amputa su capacidad más alta y noble: la capacidad de amar y donarse. Este es
el problema de tantas personas que a los ojos de la sociedad aparecen ricos y
felices, pues materialmente lo tienen todo, pero que el fondo de sus corazones
reina una gran tristeza e insatisfacción.
Conforme pasa la vida se descubren
como personas irrealizadas, pues desde su infancia no han salido del círculo de
su ego. Se pueden definir profesionalmente como personas exitosas, pero
analizando su valía como seres humanos, se encontrarán vacíos.
Como cristianos, la generosidad no se
reduce a simple filantropía, o mucho menos a simple medio para “sentirme bien.”
Esta fase de cada persona ha sido profundamente ennoblecida por Cristo.
“Amaos unos a otros como Yo os he
amado.” No es sólo una exigencia de nuestra naturaleza humana: es sobre todo un
mandato de Cristo. El Cristiano no sólo vive la generosidad y el amor como un
medio de realización y felicidad personal, la vive porque ve en el prójimo el
rostro de Cristo.
Esta será la materia de nuestro “examen
final” ante el Señor: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino
preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me
dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era un extraño, y me
hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la
cárcel y fueron a verme” (San Mateo 25, 34-40).
Dios mismo es el máximo ejemplo de
generosidad, quien no dudó en entregar a su propio Hijo para la salvación de
los hombres, culmen y meta del camino cuaresmal que estamos recorriendo.
Decía Tagore: “dormía y soñaba que la
vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Y al servir comprobé
que el servicio era alegría.” Extraña paradoja encontrar el propio centro en el
olvido generoso del yo.
Dios quiera que al final de nuestra
jornada, cada vez que examinemos nuestra conciencia encontremos infinitos
granos de trigo convertidos en oro.
¡Vence el mal con el bien!
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